Gerardo Kempis, se hizo construir un magnífico castillo e invitó a sus amigos para que lo admirasen. Todos se hicieron lenguas de la casa; no hubo más que uno que le opusiera algún reparo: -Tu palacio es magnífico ‑dijo‑ pero, con todo, yo te aconsejaría algo. -¿Qué?, preguntó el dueño. ‑Haz tapiar una puerta. ‑¿Cuál? Aquella por la que te sacarán un día para llevarte al cementerio… ¡Ah, sí! Pero esta puerta no se puede tapiar…

 

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