GOTAS DE ESPERANZA

En la vida de san Francisco de Borja se lee este terrible caso:

Uno que tenía el alma cargada de pecados abominables no quiso aprovecharse de los ejercicios espirituales que se daban en la ciudad. Fue ciertamente a escuchar la predicación, pero no pensó en sacar fruto con una buena confesión.

Me confesaré otro año —decía— ; cuando vuelva a hacer los ejercicios; ahora no.

Pasado algún tiempo, aquel desgraciado enfermó gravemente y negó al trance de la muerte. Fue llamado un sacerdote, que le exhortó a confesarse. Mas el enfermo le dijo:

Cuando esté curado; ahora no.

Entonces fue a vede san Francisco de Borja, quien, mostrándole el crucifijo, le dijo con dulzura:

Amigo, confiésate: es Jesucristo quien te lo pide; ¡Dios te lo perdonará todo!

Pero el enfermo dio media vuelta y no quiso saber nada. Y he aquí que, mientras el santo con lágrimas le suplicaba se arrepintiese y besase el crucifijo, aquel moribundo exclamó:

¡Ay de mí! ¡Me parece ver a Jesucristo mostrándome su sangre, que he despreciado no aprovechándome de los ejercicios!

Y, diciendo esto, el infeliz expiró. ¡He aquí el fin de quien resiste a la gracia de Dios!

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