GOTAS DE ESPERANZA

Una tarde se presentó un anciano al padre L’Ermite.

Padre, deseo hablarle.

En este caso, vayamos a la sacristía; allí estaremos mejor. Permítame conocerle.

Se incorporó ante él. Alto, delgado, distinguido, con cabellos muy blancos.

Soy un antiguo soldado de Leopoldo I.

¿De Leopoldo?

Sí.

Entonces, ¿Cuántos años tiene usted?

Noventa y tres.

Mi enhorabuena. Está magníficamente conservado.

Sí, físicamente; pero, por desgracia, mi alma…

El Señor usa de misericordia…

Sí conmigo, padre. Lo sé. Vengo de tan lejos… Desde mi primera comunión no había vuelto a acordarme de Dios.

¿Y la causa de su vuelta, hoy, a Dios…?

Es muy largo de contar; ha sido una predilección de la Virgen. Prometí rezarle tres avemarías, y ella se ha encargado del resto. Me ha llevado a sus pies con ganas de reconciliarme.

El anciano estaba conmovido.

Podemos ir a aquel confesonario —sugirió el padre. Se confesó y, recibida la absolución, comenzó a llorar.

Son lágrimas de gozo que no he experimentado desde mi niñez.

 

¡Un triunfo más de la Virgen!

 

 

LA NATURALEZA Y LA GRACIA

 

 

 

 

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