GOTAS DE ESPERANZA

Un poderoso rey, el día en que nació su primogénita, determinó empezar ya a formarle la dote para cuando llegara la edad de tomar estado, en la seguridad de que, aunque la suma total ascendiese a millones, ni agotaría su tesoro, ni igualaría su anhelo de hacerla dichosa. A este fin depositó en una preciosa urna una moneda de oro; el segundo día, dos monedas; el tercero, cuatro; el cuarto, ocho; el quinto, dieciséis, y así sucesivamente: cada día el doble del día anterior.

Treinta días habían transcurrido, y cuando su hija, por consiguiente, cumplía sólo un mes, las monedas, que ya no cabían en una caja,. ocupaban una sala del palacio y pasaban ya, con mucho, de los mil millones. A los dos meses ascendía a millones de billones. ¿Cuánto sería el capital reunido al cabo de veinte años? El bondadoso padre no pudo cumplir su palabra.

Pero lo que no hay en los tesoros de los reyes humanos existe en las inagotables minas del divino Rey para darlo a su primogénita, la Princesa de los cielos. Aún nos quedamos cortos al suponer que María fue duplicando su caudal cada minuto de su vida. Por eso dicen verdad los teólogos al afirmar que, donde los demás santos terminan, María empezó, y aun con creces.

 

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