VALOR DEL ALMA

En el siglo IV un sabio de éxitos mun­diales, pero de vida pecadora, vislumbró un día el justo modo de cotizar y estimar el alma más que cualquier otra cosa. Y excla­mó: «han podido hacerlo éstos y aquéllos, y tú, con tu ciencia, ¿por qué no podrás?» Esta frase hizo santo al gran San Agustín.

En el siglo Xll meditó lo mismo un joven rico y noble. Si los santos han podi­do, ¿tú no podrás hacerlo? Fue san Bernar­do de Claraval.

En el siglo XVI un soldado ambicioso estaba herido; y en el tedio de su lecho ojeó la vida de algunos santos. «si ellos pudie­ron, ¿yo no podría hacerlo?» Exclamó san Ignacio de Loyola.

Y yo, el hijo del siglo XX ¿no podría llegar a tener mi alma en más estima que cualquier otra cosa ? Aunque tuviera más pecados que San Agustín, más riquezas que san Bernardo y más vanidad que San Igna­cio… «Sí podría hacerlo, pero…pero será difícil» ¡Es verdad! No fue menos difícil para ellos. El mundo no los comprendió y se rió burlonamente: Jerusalén despreció a San Pedro, Atenas a San Pablo, los sabios de su tiempo a San Agustín, los nobles a San Bernardo y los soldados a San Ignacio.

El Joven Observador, pág. 134 Tihàmer Toth, Sociedad de Educación “Atenas”, S.A., 4a edición

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