LA PATERNIDAD ES COSA DE DOS.

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LA PATERNIDAD ES COSA DE DOS

Mme. Françoise de Bellefroid
Presidenta Honoraria del Movimiento Mundial de Madres

En estas líneas quisiera dar mi testimonio como madre de seis hijas y un hijo, y como defensora de la causa de las madres en un organismo internacional, el Movimiento Mundial de Madres.

Sin embargo, hoy quisiera reflexionar sobre los padres. A menudo me han preguntado si existía un Movimiento semejante para los padres, y la respuesta es que no; pero sí existen en los países occidentales cada vez más asociaciones en defensa de los derechos de los padres, que se sienten discriminados en las decisiones que afectan a la tutela de los hijos después de una separación o divorcio. Resulta paradójico que hoy, cuando los padres están mucho más presentes en la vida de sus hijos, la función paterna se esté viendo más devaluada. Hoy en día, parece que un buen padre sólo es aquél que actúa “maternalmente”, siguiendo un modelo en el que los hombres no se sienten cómodos. Muchos reaccionan convirtiéndose en compañeros o amigos de sus hijos, pero éstos ya tienen bastantes amigos, y padre sólo tienen uno, con un papel indispensable en la construcción de su personalidad.

Por otra parte, la tolerancia mal entendida y una concepción utópica de la igualdad, inspiran las legislaciones nacionales. Evidentemente, el principio de igualdad es uno de los fundamentos de la democracia, y se trata de un ideal a alcanzar. Pero debemos reconocer que la igualdad no existe, ni entre los seres humanos ni en sus formas de vida. Esta obsesión por la igualdad en el discurso contemporáneo nos obliga a compararnos indefinidamente; pero, ¿en qué criterio nos basaremos para decidir que se ha alcanzado la igualdad entre dos personas?. En lo que respecta a la forma de vida, debemos considerar la diferencia que existe entre una pareja que se compromete en un proyecto de vida duradero (es decir, en el matrimonio) y aquélla que rechaza todo compromiso de fidelidad. Pues el niño necesita estabilidad; tiene derecho a la presencia y colaboración amorosa de su padre y su madre, para su realización personal.

La expresión “igualdad de oportunidades” tan reivindicada en el seno de la ONU y la UE, es ambigua. Cada persona, hombre o mujer, tiene una concepción distinta de la oportunidad… se supone que esta expresión pretende para todos la posibilidad de acceder a la cumbre profesional y social. Pero me parece que es una reivindicación con consecuencias bastante peligrosas, pues da un tinte competitivo a las relaciones de pareja y, por ende, a las relaciones sociales. Se trata de una exigencia de beneficios y poder que olvida las ideas de servicio y solidaridad.

Pero lo más grave es que esta reivindicación de igualdad ha llegado a hacer olvidar (o negar) el valor de la diferencia. Afortunadamente, la humanidad cuenta con artistas, artesanos, pensadores y hombres de acción, y desde los inicios, esta diversidad de cualidades ha permitido el desarrollo de nuestras civilizaciones. Disfrutemos, pues, de la voluntad del Creador, que nos hizo “varón y mujer”. El reconocimiento de esta diferencia es necesario, no sólo en los planos biológico, psicológico y cultural, sino también en su aspecto pedagógico. Yo misma he descubierto la importancia de tener en cuenta la diferencia de los sexos en un libro que recomiendo: “La diferencia prohibida” (escrita en francés por Tony Anatrella, sacerdote y psicoanalista, en la editorial Flammarion, 1998).

En nuestros países vemos cómo aumentan de manera inquietante las familias monoparentales, y en el entorno europeo, igual que en Estados Unidos, el índice de nacimientos extramatrimoniales oscila entre el 25 y el 50%. Pero lo más preocupante son las causas de este fenómeno: si bien la causa más frecuente es el individualismo vigente, que rechaza toda limitación y compromiso, cada vez hay más casos en que las mujeres eligen deliberadamente ser madres solteras para tener compañía, para sentirse bien. Ya no se quiere al niño por sí mismo, sino que “nos regalamos un hijo”. Ésta es la misma mentalidad que, en el extremo, conduce al aborto, al eugenismo, y al uso de madres (e incluso abuelas) de alquiler. Son muchas las jóvenes que, renunciando al compromiso del matrimonio, consideran la presencia de un padre completamente superflua, incluso molesta, y de este modo privan a sus hijos de la persona indispensable para la construcción de su personalidad. Existe también un cierto odio al hombre en el feminismo radical, así como un rechazo más o menos consciente a reconocer la complementariedad entre los sexos que proporciona al niño un modelo antropológico y social acorde con la naturaleza.

Las consecuencias desastrosas que sufren los niños y, sobre todo, los adolescentes, que crecen en familias monoparentales, son de todos conocidas: el niño se siente abandonado, pasando a ser presa fácil de la sociedad de consumo; un niño caprichoso sin puntos de referencia morales.

Así pues, la paternidad es cosa de dos. La educación de un niño es una misión muy exigente y difícil, que debe ser compartida por el padre y la madre, y sobre todo, siendo padre y madre, con sus diferencias y complementariedad.

Idealmente, la madre recibe al niño del hombre que ama, y éste la transforma haciéndola madre. Su amor es fuente de la procreación, y el descubrimiento que hace el hijo del amor que une a sus padres y el reconocimiento de la feminidad de su madre y la virilidad de su padre, le proporcionan el equilibrio psicológico indispensable. Asimismo, las actitudes y trato que observa entre sus padres, le servirán de modelo. El respeto que ellos se muestren será su referencia en las relaciones con el otro sexo.

La paternidad, igual que la maternidad, es una vocación cuyas características son, entre otras, la fecundidad, la generosidad y la gratuidad, cualidades que faltan tanto en nuestra sociedad actual. Las tareas paternas son múltiples, la más importante de las cuales es, evidentemente, la educación.

En una encuesta que el Movimiento Mundial de Madres realizó entre sus miembros en 1993, preguntamos si creían que el papel del padre y de la madre son intercambiables. El 90% de los encuestados manifestaba el deseo de que los padres participaran en todas las actividades familiares: cuidado de los niños, labores domésticas, actividades de tiempo libre, vida escolar, etc. Pero si esa respuesta podía hacer pensar que los papeles son intercambiables, otra pregunta sobre los hijos de familias monoparentales llevaba a otra conclusión: el niño necesita referirse a una imagen masculina y otra femenina. La respuesta de una joven psicóloga me pareció particularmente interesante: “El problema del progenitor único me preocupa mucho, sobre todo cuando es consecuencia de una elección deliberada. Ciertas jóvenes declaran que no necesitan un cónyuge en su casa, que quieren ser libres pero desean un hijo. Pero, ¿qué carencia afectiva necesitan llenar?” –se pregunta la psicóloga-. Y añade: “Es evidente que el niño sufrirá las consecuencias de esa patología desde el inicio, y las reproducirá cuando sienta la ausencia del padre. Tener un hijo no puede ser una empresa egoísta sino una actividad constructiva, compartida por dos personas distintas, adultas y responsables”.

Nuestros responsables políticos y sociales, por su parte, olvidan que el niño construye su personalidad en su entorno inmediato, que es la familia; que los niños son hijos de sus padres, antes que de sus pediatras, puericultoras, profesores, asistentes familiares o sociales, psicólogos o psiquiatras, o incluso del juez… Son los padres los primeros en reconocer a su hijo, y juntos seguirán su evolución psicológica y cultural y la educación escolar que reciba. En cuanto a la educación, más importante que cualquier método o teoría –no quiero decir que los consejos de especialistas no sean útiles- es la actitud lo que cuenta. Desgraciadamente, las consecuencias de comportamientos erróneos de los padres en los primeros años de vida, no son reparables por otras personas. Quizás deberíamos plantearnos cómo podemos preparar mejor a nuestros jóvenes para ser padres…

En muchos países europeos, se conceden permisos de paternidad. Se trata de una medida excelente: un nacimiento es una fiesta, un gran acontecimiento del que el padre no puede quedar excluido. Necesita tomarse un tiempo para descubrir a su hijo y, junto a su madre, esperar a su primera sonrisa. Este permiso laboral no puede ser un permiso para ayuda doméstica, sino para unir su presencia a la de su mujer, y ocupar su posición de padre, evitando que se sienta apartado. La madre debe aceptar también que la paternidad es cosa de dos.

Naturalmente, la gestación, el parto y la lactancia del bebé son funciones obligadas de la madre. Pero lo que se entiende como labores domésticas (el cuidado infantil, el mantenimiento del hogar, el vestido, alimentación, salud, educación…) pueden ser realizados indistintamente por la madre, el padre o incluso una tercera persona. Las costumbres han hecho que este trabajo se haya reservado a las mujeres. En parte es lógico, porque la madre no puede separarse físicamente de su hijo hasta pasados varios meses y por eso, cerca de él, en el hogar, realiza también esas tareas. Comprensiblemente, este papel se ha visto extendido más allá de esos meses. Sin embargo, si la mujer lo desea, puede a la vez desarrollar un trabajo más allá de su hogar, por lo que será necesario compartir las responsabilidades paternas según las circunstancias de la vida familiar. Ciertas profesiones exigen horarios incompatibles con los de los hijos; otras imponen ausencias prolongadas. Pero el crecimiento del niño tiene sus imprevistos, se pone enfermo con cierta frecuencia, y desde que entra en el colegio, los horarios de presencia paterna cambian. Cuando es adolescente, necesita dialogar con sus padres, y no hay diálogo sin presencia. Todo ello hace que sea muy difícil para los dos cónyuges asumir responsabilidades profesionales o sociales que impliquen un gran compromiso. Si uno de los dos lo hace, delegará ciertas responsabilidades familiares al otro, pero no puede abdicar de las que le corresponden específicamente a él.

Así pues, la apertura al mundo, la formación del juicio y el carácter, el aprendizaje de la vida… todo lo que abarca el concepto de “educación”, debe ser ejercido obligatoriamente por el padre y la madre, aunque de modo distinto.

El papel educativo de cada uno de ellos evoluciona durante el crecimiento del niño: cuando es muy pequeño no siente seguridad si no es junto a su madre, de la que depende totalmente. Pero muy pronto aparece la función paterna, que hará salir un “hombrecito” o “mujercita” de ese bebé. Papá se situará entre mamá y el niño, quien, a su vez, se distinguirá de ellos con una personalidad particular. Pasará suavemente de la seguridad física a la familiar y psicológica, y más tarde será el padre quien le haga descubrir las realidades del mundo exterior, le introducirá en la vida social y mediará entre lo afectivo y lo jurídico. En ese momento, la madre permanecerá como refugio, fuente de seguridad, de escucha discreta, recordando la importancia de la vida espiritual. Ella es el símbolo de la interioridad; el padre, de la acción, enseñando al pequeño, como en “El libro de la selva”, los límites de lo posible, la existencia del peligro, la necesidad de la ley.

El niño, convertido en adulto, habrá adquirido su autonomía, su independencia material, pero también, y sobre todo, el juicio suficiente para tomar iniciativas y asumir responsabilidades.

Es primordial que padre y madre tengan una relación distinta con el niño, pues éste tiene expectativas diferentes de cada uno de ellos. La madre no puede dejar que su hijo crea que ella basta para satisfacerle en todo. Es necesario que él se identifique sexualmente desde el inicio de su desarrollo.

“Los primeros problemas de identidad suelen ser los que se refieren a la identidad sexual. Los padres deben reconocer el sexo que la naturaleza ha dado a su hijo, para que éste pueda asentar verdaderamente su identidad”. (1)

La naturaleza, lo queramos o no, continúa imponiéndose. El ejemplo del padre de la histórica Reina Cristina de Suecia es un caso conocido: quiso que su hija se educase como un hombre, y toda su vida fue una mujer desequilibrada.

Normalmente, ambos padres tienen un mismo nivel cultural, pero incluso así, cada uno de ellos transmitirá la cultura de un modo distinto. La capacidad de síntesis que se reconoce al sexo masculino, equilibrará el punto de vista más sentimental y sensible expresado por la madre. Pero cada uno de ellos transmitirá sus cualidades propias, de modo que, de nuevo, la diferencia es fecunda.

Parece ser que Napoleón sentía gran admiración por su madre, y su biógrafo, Jacques Bainville, cita este hecho y añade: “Como todos los grandes hombres, sabía cuánto le debía”. El padre de Mozart también fue un pedagogo extraordinario… ¡sin Leopold no habría existido Wolfgang!.

En conclusión, conviene que recordemos que no hay padres ni madres perfectos, pero sin el reconocimiento de nuestra diferencia de identidad como hombre y mujer, no podemos dar a nuestros hijos la imagen que les resulta indispensable para saber quiénes son ellos mismos. El éxito de una educación se manifestará en la percepción del amor humano que tenga un joven, que para que sea real, deberá basarse en la diferencia y la complementariedad de los sexos.

La mundialización nos preocupa; la construcción de la Europa unida decepciona a muchas personas, pues todos somos responsables del futuro del mundo. Pero me gustaría recordar las palabras de Mary Ann Glendon, líder de la delegación de la Santa Sede en la Conferencia de Beijing de 1995 sobre la mujer:

“Nosotras, mujeres y madres, debemos adoptar un papel activo en el proceso democrático. Si no lo hacemos, nadie más lo hará por nosotras. Y los hombres deben ayudarnos”.

NOTAS

(1) Tony ANATRELLA: “La différence interdite”, Flammarion, 1998, pág. 41.

One Comment

  1. ERNESTO AVALOS Reply

    comentario excelentemente verídico, esto esta desastibilizando a las filias y creando un retrazo profundo en el desarollo de la sociedad de los paises debilitando la base fundamental de los estados que es la familia para que para que los paises subdesarollados no puedan desarrollarse
    por que los niños son el futuro del mañana.

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