EJERCICIOS ESPIRITUALES QUINTA MEDITACIÓN: “La Misericordia de Dios”

¡Venga tu Reino!

EJERCICIOS ESPIRITUALES
QUINTA MEDITACIÓN: “La Misericordia de Dios”

Fruto: Querer vivir el encuentro con la Misericordia de Dios
Petición: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado”.

Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.
Romanos 8, 28

Desgraciadamente la imagen que muchos tienen de Dios es una imagen negativa; un Dios culpable, un Dios cruel, un Dios permisivo, un Dios que cuando le pedimos algo no nos oye, un Dios que manda enfermedades y desgracias. Una imagen deformada de Dios. Evidentemente, así piensan los que no le conocen y por lo tanto los que no le aman.

Una de las experiencias más impresionantes que he vivido como sacerdote es la de encontrar personas que tendrían más de mil razones para quejarse y renegar de Dios, y por el contrario uno sólo escucha agradecimiento. Lo malo que les sucede o que les ha sucedido no se lo achacan a Dios; más bien ven su mano amorosa que a pesar de la desgracia o de la enfermedad, les ayuda y sienten cómo interviene para el bien a pesar del mal que les rodea.

Dios lo que hace es ayudarnos a sacar un bien de las cosas que nos pasan. Nos ayuda a caminar sobre las aguas, a no tener miedo, a calmar las tempestades de la vida, y sobre todo nos devuelve la Gracia, ese “ánimo” que nos coloca nuevamente en el camino.

Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.
2 Corintios 4, 9

Dios nos devuelve la Gracia, pero no nos soluciona la vida; llevamos este tesoro en recipientes de barro. Nosotros seguimos siendo los mismos a pesar de las gracias recibidas. La gracia, la ayuda que Dios nos da, no tiene efectos mágicos. No vamos a ser santos de la noche a la mañana; de hecho, nunca vamos a poder medir nuestro grado de santidad, ni siquiera de bondad. Y lo característico de un santo es la lucha. El santo es el que lucha. El santo no es el que nunca cae, es el que siempre se levanta.

Hemos de ser muy conscientes de la necesidad que tenemos de Dios; pedirle esas ayudas, esas gracias y también hemos de saber ser agradecidos. No caer en el gran error de la mentalidad de derechos adquiridos (las joyas del Rey versus el rey de las joyas). No seamos como los nueve leprosos que tras haber recibido la gracia increíble de la curación, no se volvieron a agradecer, simplemente lo dieron por un hecho.

Y también pedir la gracia de las gracias todos los días; la gracia de la perseverancia final. Perseverar en la fe, perseverar en el bien (no nos cansemos de hacer el bien); perseverar en el amor, perseverar en nuestra vocación al Movimiento. Cuidado con las tonterías, con los cortocircuitos.

Y Él me dijo: “Te basta mi Gracia, que en la flaqueza se demuestra mi poder”. Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en los aprietos, por Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte.
2 Corintios 12, 9-10

Es la gran seguridad del que cree y confía en Dios. Y es lo que provoca la intrepidez de los santos. Dios siempre nos va a dar la fuerza interior y los recursos espirituales que necesitamos. Los que nos complicamos somos nosotros.

Pero “hay que lanzarse”, no podemos ser como el que queriendo aprender a nadar se ata a la orilla y nunca se decide a tirarse al agua. Hay gente que tiene unas teorías maravillosas, ven perfectamente el problema y la solución, pero se les queda en el pizarrón; no bajan de las nubes, no lo aplican. Hay gente que arrastra un vicio, una debilidad, un problema por años y años, simplemente porque en el fondo no le deja actuar a Dios.

Cuando San Pablo dice: me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en los aprietos, por Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte… Delimita el sentido de la “debilidad” no como una inclinación al mal, sino al experimentar los propios límites así como la fuerza de lo que se opone a la causa de Cristo. Y esas son oportunidades para experimentar la grandeza de la acción de Dios. Nos damos cuenta de que es Dios el que actúa y que nosotros lo que tenemos que hacer es confiar y dejar que actúe; en definitiva, no estorbar.

Pero Dios es rico en misericordia: ¡Con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo: ¡Por pura gracias, ustedes han sido salvados!
Efesios 2, 4-5

Juan Pablo II dedicó una de sus primeras encíclicas a esta afirmación: Dives in misericordia; durante su pontificado instituyó la fiesta de la Divina Misericordia el domingo siguiente al domingo de Resurrección; avaló la devoción al Cristo de la Misericordia; canonizó a Sor Faustina Kovalska, la religiosa que difundió la devoción a la Divina Misericordia; y Juan Pablo II murió el día 2 de abril de 2005, víspera del día de la Divina Misericordia.

El Papa Benedicto XVI, en repetidas ocasiones ha insistido en que el mensaje que hoy Dios lanza al mundo es el de la misericordia; una misericordia que es amor: Deus Caritas est; y una misericordia que es esperanza: Spe Salvi. El reto está en experimentarla y sobre todo en aprovecharla. La persona que siente y que experimenta ese amor, la persona que ha conocido ese amor especial de Dios, no puede separarse de él. Porque se convierte en la gran seguridad de su vida: ¿Qué nos separará de tu amor…?

Dios perdona siempre, y Dios quiere perdonar. Dios no deja de darnos oportunidades. El problema somos nosotros; el problema es que podemos cerrarnos a su misericordia; decir que no necesitamos de su perdón o abusar de su misericordia. La misericordia de Dios no es licencia para pecar, es siempre, invitación a regresar.

Dios es amor. Tal vez sea ésta la definición más perfecta de Dios. Dios no va a dejar de amar, hagamos lo que hagamos, nos va a seguir dando oportunidades, va a seguir confiando en nosotros. Pero necesita apoyarse en nuestra respuesta, aunque sea imperfecta, aunque lo único que me mueva sea el hambre. Aquí es donde cobran pleno sentido esas palabras de San Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

¿Qué significa que Dios es Amor? Para el amor todo es importante y al mismo tiempo todo carece de importancia. El amor sufre con el más ligero desdén y, no obstante, persiste intacto ante los golpes más terribles. No se le podría doblegar con toda la fuerza del mundo, pero basta una lágrima para desarmarlo. Lo perdona todo, pero todo le hiere.

Un Dios que, en definitiva, es sumamente misericordioso, pero también sumamente vulnerable. Sólo así se entienden esos contrastes y hasta esas contradicciones entre el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
1 Timoteo 2, 4

Dios quiere. Los hombres somos los que a veces no queremos. Esta es la voluntad de Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Sólo la verdad nos hará libres. La mentira nos hace esclavos.

Hoy muchos prefieren darle la espalda a la verdad, prefieren lavarse las manos y seguir encharcados en sus mentiras. Mentiras que les obligan a vivir vidas dobles, vidas divididas; mentiras que les obligan a ponerse máscaras y a esconder la verdad. Mentiras que les persiguen, y que tal vez les perseguirán hasta la muerte y que se las llevarán a la tumba.

La verdad es el fundamento de la vida humana y de la convivencia entre los seres humanos. Cuando falta la sinceridad, se obliga a entrar en el campo de la desconfianza. De hecho, el miedo a decir la verdad a quien tiene derecho a saber la verdad, tiene su origen en una falta de sinceridad, y en una falta de confianza que inevitablemente genera desconfianza.

No hay cosa que dé más paz y más libertad que la verdad. Vivir la verdad en el amor, ese es el programa del cristiano. Dios nos conoce, sabe de qué material estamos hechos. Por eso, es absurdo creer que le vamos a engañar, creer que le podemos ocultar la verdad de nosotros mismos. El encuentro con la misericordia es un encuentro liberador, es un encuentro con la verdad de nosotros mismos y con la verdad de Dios; es experimentar que Dios confía en nosotros a pesar de nosotros. Lo único que pide es correspondencia.

Convertirse, no sólo es un cambio de conducta, sobre todo es un cambio en la manera de pensar acerca de Dios. En otras palabras, se descubre a Dios, se desvela el verdadero rostro de Dios. Se entiende que Dios es Amor, y que la respuesta del hombre a Dios ha de buscarse y encontrarse sólo en el amor. Nunca vamos a estar convertidos del todo, porque la respuesta del amor es una respuesta diaria, porque el amor es fuerte pero al mismo tiempo es frágil, porque el amor se puede ir apagando y puede ir haciéndose mediocre: Sólo tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero.

Dios nos invita a su fiesta: la fiesta de la conversión, la fiesta del arrepentimiento: hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan o no tienen de qué arrepentirse.

Nunca es demasiado pronto y nunca es demasiado tarde para convertirse. Mientras dure esta vida, dura lo que San Pablo llamaba el “tiempo propicio” (2 Corintios 6, 2); el tiempo de “aprovechar las oportunidades” (Efesios 5, 16). Después ya será inútil lamentarse y correr a buscar ese aceite que no quisimos tener a su tiempo para estar siempre preparados para entrar en la gran Fiesta, la fiesta que nos espera después de emprender el regreso a la casa del Padre.

Dios tiene paciencia. Dios sabe esperar; sabe soportar lo imperfecto dándole siempre una nueva oportunidad. Dios aguanta y espera. La historia del mundo es la historia de la paciencia de Dios. Su respeto a la libertad humana es la forma más reveladora, también la más misteriosa, de la paciencia divina.

Sin embargo paciencia no es lo mismo que pasividad. Dios no se va a quedar sin más esperando, inactivo. Dios llama, invita, insiste, y lo hace con tanto empeño como paciencia. Aunque respeta completamente el proceso de la libertad humana, al igual que las leyes naturales de la vida, su bondad no deja de actuar. ¿Es que no valoras la gran bondad de Dios, su paciencia y su generosidad, sin darte cuenta de que la bondad de Dios te está invitando a la conversión? (Romanos 2, 4)

One Comment

  1. H. María-Luisa Díaz-Arias Reply

    Me gustaría participar (poder leer todas las meditaciones) de los ee sobre la misericordia

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